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      Testimoniales  
         
     

    Ricardo Bárcenas:

    La obesidad no solo te crea conflictos, frustraciones, desánimos, tristezas, delirios, sufrimientos, racismo, enfermedad, dolencias, padecimientos, soledad y MUERTE.
     
    ¿Saben que es lo peor de estar obeso?
     
    Perder la confianza en uno mismo. La obesidad trae consigo muchos problemas, sentimentales, laborales, físicos y mentales. Yo siempre pensé que mi destino era morir de un paro cardíaco o terminar suicidándome ante tantas decepciones, pero encontré algo que me hizo cambiar de opinión y ahora considero que NUNCA ES TARDE para comenzar a vivir.
     
    Yo no quería vivir una historia donde me pasaría la mitad de mi vida acostado en una cama, sin poder pararme, una vida en la que a diario pensara como quitarme la existencia para descanzar de la obesidad y sus conflictos, no quería una vida donde me tuvieran lástima por mi excesivo sobrepeso, por eso recurrí a Menosgrass y quiero contarte mi historia, o la parte triste de lo que va de mi historia, porque desde hace unos meses, mi historia tomó color, y veo la vida de una forma diferente. No voy a hablar como cualquier sufrido que dice lo que le conviene y sepulta lo que no, quiero contarte mi historia como un amigo que pretende lo mejor para mi, y lo mejor para ti. Todo se remonta a mis años de estudiante en la primaria, donde usaba talla 34 y me reía de la talla 46 “nunca llegaré a eso”.
     
    ¡Cómo la odié! Realmente detesté a esa profesora. Tercer año de primaria, pesaba yo como 85 kilos. Dicen que es en esa etapa de la vida cuando los sentidos alcanzan su punto máximo; la vista se agudiza; el olfato y el oído nos hacen descubrir secretos. Nuestros platillos favoritos son elegidos en esos días. Pero no sólo los sentidos están en un nivel que jamás volverán a alcanzar. También la crueldad. La crueldad de los niños está en su apogeo. “¿Por qué tengo que ser un niño obeso”, pensaba. “¿Por qué soy tan robusto? Cierto, mi estatura también es mayor a la de otros niños de mi edad, pero eso no compensa las burlas que recibo de quienes se dicen mis amigos... ¡Y encima la maestra me hace esto!”.
     
    En mis reflexiones, buscaba encontrar la explicación a lo que consideraba un sucio complot. De alguna manera, la profesora quería arruinar mi vida. Por qué o para qué, no importaba: ¡Lo estaba haciendo!
     
    Mis compañeros habían agotado los posibles motes que definieran mi complexión. En primer año, había sido El Botija. (aunque en Kinder ya era conocido como Santa Claus) “¡Ese Boti! ¿De qué te hicieron las 200 tortas hoy?”. Al avanzar al segundo grado, mis padres decidieron cambiarme de turno. Entonces fui Barrilito. “¡Hoy te vestiste de café! ¡Barrilito de tamarindo!”.
     
    El apodo terminó siendo más estúpido para quienes lo decían, así que un año después, era Tripóncito Godinez, gracias a que una historieta de tiempos de mi abuela estaba volviéndose a publicar, y en ella existía ese personaje. Para abreviar, con el tiempo el apelativo fue más ofensivó: Tripón; pero al abreviarse más, era soportable: Tri. “Miren, ya llegó el Tri”. Mientras no sacaran que eso significaba que me había almorzado a la Selección Mexicana Tricolor, todo estaba bien.
     
    Llevaba dos meses con esa tranquilidad, y ahora la profesora estaba arruinándola.

    ¡Bola de Sebo! Ahora ese sería mi nuevo nombre. Créanme que hasta la fecha no comprendo por qué la maestra nos pidió leer ese cuento. No tiene sentido. Y no es que don Guy de Maupassant, el autor, sea malo, sino que es un tema inapropiado para niños de tercer grado: una prostituta llamada Isabel Rousset paga el peaje de una diligencia acostándose con el comandante de una guarnición. A la chica le llaman “Bola de Sebo”, y se explica en el cuento la razón: “Su abultamiento prematuro le valió el sobrenombre. Era de menos que mediana estatura, mantecosa, con las manos abotagadas y los dedos estrangulados en las falanges, como rosarios de salchichas gordas y enanas”.
     
    ¿Por qué me hizo eso la maestra? Encima de todo pasó lo inevitable: a los dos días, varios padres de familia fueron a reclamar el que nos haya dejado leer “algo tan impúdico”, y terminamos por leer una versión resumida del Principito.
    Pero el daño estaba hecho.
     
    A partir de entonces, me volví Bola de Sebo. Era el apodo más vergonzoso que podía tener. Me dolía en el alma escucharlo.
     
    Comencé a fingir enfermedades para no ir a la escuela, lesiones para no salir a educación física y evitar sentir como me rebotaban las lonjas. Si tenía oportunidad, me desviaba del camino y me iba a jugar videojuegos a una colonia vecina. Ahí lo más que me podían decir era Gordo. Y les puedo asegurar que cuando así me llamaban, sentía -genuinamente— que me tenían respeto.
     
    Llegó el cuarto grado. Acabé el curso anterior con un promedio de seis. Primer y segundo grado los había acreditado sobresaliente. La ceguera mental de mis padres les impedía darse cuenta la razón por la que bajó tanto mi aprovechamiento. Dentro de mí, quería reprobar el tercer grado. De hecho no sé por qué lo aprobé, pero supongo que la maestra se sintió culpable por el sobrenombre (que tenía gracias a ella), y me subió al menos un punto en mi calificación.
     
    ¡Cómo la odié! Realmente detesté a esa profesora.
     
    Mis esperanzas de volver a ser El Tri se desvanecieron. No podia irme de primaria sin ser humillado en frente de todos, la directora contrató a un modista para tomarnos las medidas de los trajes de graduación, creo que esa fue la primera vez que lloré de coraje, el modista riéndose gritó la medida de mi panza y todo se volvió un gran chiste. Salí de la primaria con notas muy bajas y con muchos kilos de más, resultado de mi primer intento por bajar de peso. ¿Quién iba a pensar que mis propios padres me sabotearían?. Cuando se dieron cuenta que era cada vez más común el no querer comer o el cenar sólo una taza de café con leche, su reacción no pudo ser más inapropiada: “¡Este niño está enfermo! ¡Vamos al doctor!”
     
    Realmente detesté a ese doctor.
     
    “Tienen que cerciorarse que coma a sus horas. Para la falta de apetito, le van a dar esta suspensión, dos cucharadas en la mañana, antes de desayunar”. Antes de ello, le dije una docena de veces que no me faltaba el apetito, que solo quería comer menos.
     
    “¿Y no podrá recetarle también unas vitaminas?
    - En realidad no hacen falta, pues no tiene signos de desnutrición... Pero puede darle estas capsulitas.
    - ¿No es mejor algo inyectado?
    - Es lo mismo... Pero les voy a dar unas ampoyetas inyectables, cómo no.
     
    Maldito galeno. Gracias a él, mi peso se disparó. Si existe algun tipo de negligencia seguro fue eso, no recuerdo que inyectó pero a partir de ahí mi peso aumentó considerablemente y mi metabolismo era mas inestable que nada. Asi seguí, solo, triste y amargado por meses esperando el final de mi vida que, para ese entonces era lo mejor que me podía suceder.
     
    Una vez fui a una merienda en la casa de unos compañeros, todo iba bien hasta que la mamá del festejado le llamó y a gritos le decía:
     
    - ¡Dile que no coma tanto! ¡ devora como si fueran tres, se va a terminar todo!”
    Justo cuando estaba logrando convencerme a mí mismo que podía tener una oportunidad, escuché la plática anterior. Adiós autoestima y bienvenidos los buffets.
     
    “¡Me parece que hoy el demonio se divierte a mis costillas!”, reza un parlamento de la ópera “Don Giovanni”, de Mozart. Esa se convirtió en mi frase cotidiana, una frase o un pensamiento como el que todas las personas con problemas llegamos a tener, un lugar de confort donde le echamos la culpa a los demas y nosotros somos víctimas. Sin darme cuenta, me la repetía a mí mismo cada día. Como aquella mañana de secundaria en la que pesaba 130 kilos y encontré en mi salón de clases a Alfonso, un compañero de la primaria. Había ingresado a otra secundaria, pero tras dos meses de clases, fue transferido a la mía.
     
    “¡Bola de Sebo! ¡Qué milagrazo!”
    “Bola de Sebo” volvió tras un receso de dos meses. Realmente detesté a Alfonso y pensé lo de siempre: Ojalá que todo lo que me como le haga daño a él.
     
    ¿Qué salidas tenía siendo alguien distinto a los demás? ¿Qué salidas tenía siendo el apestado, el mutante, el inadaptado, el sucio..., el gordo? Sólo me quedaba vivir con ello.
     
    Mi segundo intento por adelgazar fue en el tercer grado de secundaria. Mi madre volvió a sabotear mi pretención con más vitaminas. Volví a escuchar comentarios hirientes (“¡Tú no tragas, embodegas!”).

    Todavía recuerdo cuando iba a entrar a la prepa, 170 kilos pero ¡genial! No mas necesidad de ir fajado, podía ir vestido como yo quisiera y los deportes eran mas teoría que práctica. Recuerdo que papá me acompañó a comprar pantalones, para ese entonces yo era talla 50 y batallamos mucho para conseguirlos, recuerdo que ahí aprendí una lección. Entre mas engordaba menos ropa y mas cara la iba a encontrar.

    Kitaquilos, Comedores compulsivos Anónimos, centros de nutrición, gimnasios. Conocía la ciudad entera guiándome por este tipo de lugares que frecuenté para adelgazar pero en los que desgraciadamente solo me encontré con personas que compartían un sufrimiento pero no UNA SOLUCION.

    Adolescencia. Tiempo de cambios. Se fue la crueldad infantil, pero seguía siendo el “Bola de Sebo”. Aprendí a vivir con eso. Según yo, no me afectaba.
    Como una maldición, comencé a sentirme atraído por las mujeres. Todos los compañeros de clases, comenzaban la cacería. Todos buscaban una novia. Me declaré perdedor por abandono; ni siquiera lo intenté. “¿Para qué?”, me repetía incesante, atormentándome, lacerándome, burlándome de mí mismo, asumiendo, como hecho científico, que la felicidad no era un estado mental que tuviera derecho a tener. Al fin y al cabo yo era feliz comiendo y mi destino era morir de un infarto o algo así.
     
    Ingresé a la preparatoria a los 16 años de edad. Rechazado o no, creía firmemente que lo era. Mujeres, ni intentarlo. Seguía siendo el bonachón “Bola de Sebo”, el que para ese entonces ya había visitado 4 gimnasios y a los 2 días abandonaba derrotado. Una chica llamada Yaneth comenzó a acercarse para platicar conmigo. “Lo hace por lástima, ha de estar pagando una apuesta o una manda muy canija”, me decía, como queriendo convencerme. Un día me hizo un regalo. Cuando me dio la pequeña caja, me emocioné. Al abrirla, me decepcioné. Era el cuento de Guy de Maupassant, “Bola de Sebo”.
     
    Le arrojé el libro y me fui a buscar un lugar donde llorar, rogaba que llovieran navajas del cielo. No le volví a dirigir la palabra. Años después, por unas amistades mútuas, supe que su intención no era hacer sentirme mal, sino demostrarme que podía ser feliz si veía la vida de manera ligera, sin preocuparme demasiado.
     
    Esa vez también supe que, cuando me alejé para buscar un lugar donde llorar, ella se refugió con sus amigas para hacer lo mismo.
     
    Yo me sentía rechazado por ella. No era verdad.
     
    Pero yo sí la rechacé. Eso era un hecho.
     
    Quise pedirle perdón. Habían pasado varios años desde que dejé de hablarle. Supe donde estaba, fui a verla, y durante horas hablé con ella, como queriendo recuperar las palabras perdidas a través del tiempo. No obtuve respuesta, como era de esperarse. Sólo me levanté, tomé el ramo de flores que había comprado horas antes, y lo coloqué sobre la fría lápida donde ella ahora descansaba.
     
    Me desahogué, sentí ganas de hacer algo, de olvidar los molestos dolores de mi espalda provocados por 240 kilos, de perdonar a las piedras que han quedado atrapadas en mis riñones, de tiarar a la nada la grasa que corre por mis venas, de olvidarme del pre infarto que hizo que mi familia estuviera triste por mi, de recordar a los muchos dueños de negocios, fábricas y demás que se convirtieron en racistas imbéciles por ver mi físico antes que mi currículum. Estuve caminando largo tiempo antes de regresar a casa. Los recuerdos se agolpaban en mi mente. Ya no era el “Bola de Sebo”. Ahora tenía un nombre y un apellido. Tenía una carrera... Ahora me decían “señor”, pero seguía en la obesidad..
     
    Pero lo que me atormentaba seguía ahí. Lejos de mis miedos, lejos de la obesidad psicológica que también afecta, ahora podía volver a intentarlo. Podía bajar de peso y empezar una nueva vida. Podía dejar atrás el dolor. Podía dejar de atormentarme, lacerarme, burlarme de mí mismo. Podía tomar lo mejor de mi anecdótico apodo, tomar lo que en verdad era “Bola de Sebo”: una historia.
    Conoci Menograss, ese producto que en un mes me hizo bajar 11 kilos, los primeros 11 que hasta la fecha se convirtieron en 80, ese producto maravilloso que me devolvió la vida.
     
    Podía ahora ser el escritor de mi propia historia. “Pobre amateur. Pobre escritor aficionado”, me dirían, ¿pero y qué? Nadie tiene derecho a hacernos infelices. Finalmente cada quien se forja su propio destino, y cada minuto que pasa es una oportunidad para cambiarlo todo. Empecé y he bajado mucho de peso, mi vida está cambiando, ahora se que puedo tener una mejor salud y con Menosgrass  y lo que he bajado, en un año a partir de hoy, seré una nueva persona.

    Menosgrass no te cambia la vida, te da la oportunidad de hacerlo. La desición es tuya. Seguir obeso y con todo lo que eso lleva o mejorar tu aspecto, tu salud y tus ganas de vivir.

     
         
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